3 jóvenes sacerdotes que le ponen corazón a la Iglesia

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Ya lo dijo el Santo Padre y lo dijo voz en cuello: los sacerdotes no pueden ser «pastores aburridos»; por eso, platicamos con sacerdotes que lo apuestan todo por la Iglesia Católica.

Todos ellos, mejores de 35 años pero sobre todo, recién saliditos del Seminario –aunque uno de ellos aún estudia ahí- y preocupados por la falta de vocación de los jóvenes.

De hecho, cada uno habla de la feria… como le va en ella.

Sin el apoyo de su padre: Juan Manuel Martínez Estrada

Este joven seminarista sintió “el llamado del Señor desde el vientre de mi madre”.

Con familia en el clero, creció influenciado por el trabajo de su tío, sacerdote y apoyado por su madre que vio en él vocación para este trabajo.

Sin embargo, reconoce que hasta el momento su padre no ha podido asimilar su vocación ya que es el único varón de la familia y tiene cinco hermanas.

A pesar de eso, se considera plenamente feliz y disfruta la experiencia que comparte con otros jóvenes en el seminario y confía en que algún día “con ayuda de Dios”, su padre se dé cuenta que esa vida que eligió es una buena opción.

En tanto, en el Seminario canta, lee novelas y practica deporte para distraerse; considera que los jóvenes como el deben aprender a interpretar las señales del señor.

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Consagrado desde niño: Jesús Gustavo Pineda Gutierrez

Nacido en la comunidad de Milpillas de la Sierra, en Valparaíso, hace 30 años, asegura que su madre lo consagró desde pequeño ya que ella tuvo un parto complicado. Por eso se llama Jesús.

Desde temprana edad abandonó la casa familiar para trasladarse a la cabecera municipal donde estudió en el Colegio Simón Bolivar de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús y Santa María de Guadalupe.

Muy pequeño aún “empiezo a sentir el llamado al sacerdocio” e incluso, durante el primer año escolar actuó como sacerdote en un bailable escolar.

Ya en la secundaria fue invitado a una Jornada Vocacional en el seminario y junto con dos amigos más de ese municipio, participa en la misma; los tres deciden ingresar al centro de estudios.

Al salir del seminario enfrenta fricciones y rupturas en su parroquia, entre otras cuestiones tanto gratificantes como difíciles.

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Por mejores opciones: Arturo Haro Campos

Nacido en Momax hace 29 años, el responsable de los Sagrados Corazones, en Guadalupe, fue parte del sueño de su padre de tener un hijo sacerdote; ahora, él y su hermano son pastores de almas en la entidad.

La búsqueda de mejores opciones de vida llevó a su padre a sugerirle a los hermanos Haro Campos a pensar en la posibilidad de integrarse al seminario por lo que, al terminar la primaria, fueron llevados a Jalisco donde estuvieron dos semanas.

Reconoce que la experiencia no le gustó “pero al ver que a otros compañeros no los aceptaron pero querían quedarse, lo vi como signo de Dios”.

La estancia de seis años en el Seminario Menor fue de discernimiento y de responder preguntas hasta que en el séptimo año se dio cuenta que estar en el Seminario no sólo era un gusto “sino que Dios me llamaba”.

Y después de 14 años de formación, reconoce que le han servido para fortalecer la relación de confianza y compromiso que tiene con sus compañeros sacerdotes.

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La coincidencia…

Los tres concuerdan en que la vocación al sacerdocio por parte de los jóvenes se pierde debido a que nos encontramos en medio de la cultura de lo desechable que permea las conciencias y que dificulta que el joven “ponga su corazón en valores eternos como el servicio”, reconoce Haro Campos.

Por su parte, Pineda Gutiérrez dice que los jóvenes “no saben leer los acontecimiento y las circunstancias” por lo que se da una carencia de identidad. “No logran llegar a una maduración y hacer proyectos y opciones de vida”.

LAH/dl