Saúl está enojado y tiene razón.
No por los números que desde 2021 tiene al municipio, gobernado desde 2018 por él, como el de mayor percepción de insegurdad.
Sino por su sobrevivencia política.
La Encuesta Nacional de Seguridad Urbana del cuarto trimestre de 2020 puso a Fresnillo a la cabeza de esta encuesta.
Desde esa fecha hasta la medición de este mes, la percepción que tienen los habitantes de Fresnillo no cambia.
De eso han pasado 30 meses… y la percepción de inseguridad no cede.
¿A que se debe?
Muchos son los factores, pero hay algunos que resaltar.
Al igual que en el estado, la violencia en Fresnillo se recrudeció en 2007; las niñas y los niños de aquellos días son los jóvenes de hoy.
Desde su época de formación han estado expuestos a la violencia e inseguridad en diferentes niveles; el peor de ellos, la muerte de un ser querido.
Hoy repiten un mantra: Fresnillo es inseguro.
Incluso los viejos extrañan los tiempos en que la ciudad era segura y se podía caminar tranquilamente por la periferia.
La reducción en el número de homicidios -gracias a la intervención del gobierno federal y estatal- no impide que la gente piense que ellos serán -en algún momento- parte de la estadística.
No hay capacidad desde la administración pública municipal para erradicar esa percepción; por eso prefiere -por muto propio o aconsejado- dar un golpe en la mesa.
Uno que sólo muestra su incapacidad para resolver algo que ni a la Federación ni al gobierno estatal les corresponde.
Por eso la decisión de buscar un villano que personifique esa deficiencia; uno que conspira no contra el pueblo de Fresnillo, sino contra, él.
Sabe que la atención negativa que se ha puesto en su municipio no pone en peligro su candidatura pero si la protección institucional que le brindaría un delfín.
Porque en Morena – Fresnillo tienen claro una cosa:
Si la elección fuera hoy, el partido perdería la elección.
La Bendición
Podría ser el gran opositor. Tiene dinero pero la falta capacidad y capital humano para enfrentar el siglo 21… pero le sobran amigos (o cómplices) que aprendieron -desde las oficinas de comunicación social- a atacar al mensajero.






