En Zacatecas, no hace falta excavar muy profundo para encontrar huellas del pasado minero. Basta con levantar la vista.
Ahí están los chacuacos, esas enormes chimeneas de ladrillo que todavía se alzan entre calles, colonias y cerros como testigos silenciosos de una ciudad que creció entre hornos, plata y trabajo duro.
Aunque hoy muchos los confunden con simples torres antiguas, los chacuacos fueron vitales para el desarrollo industrial de Zacatecas.
Servían para liberar el humo de las fundiciones mineras y evitar que los gases tóxicos afectaran a trabajadores y vecinos.
Algunos, como el de la ex mina “El Lete”, miden más de 60 metros de altura y siguen siendo visibles desde varios puntos de la ciudad.
Construidos principalmente en los siglos XIX y XX, su estructura de ladrillo cocido y base de piedra los hace imponentes y resistentes.
Pero no todos eran gigantes industriales.
También existieron versiones urbanas y residenciales, pequeñas chimeneas que sacaban el humo de cocinas, calderas o talleres escondidos entre las calles del Centro Histórico.
Hoy, quedan al menos tres chacuacos en pie en la ciudad. Y aunque ya no echan humo, sí siguen contando historias: de minería, de familias trabajadoras, de transformación urbana.
La próxima vez que camines por Zacatecas, mira hacia arriba.
Quizá te topes con uno de estos colosos de ladrillo. Porque en cada ladrillo hay una historia, y en cada chacuaco, el eco de un Zacatecas que sigue vivo.







