Al grito de “Es un honor estar con Obrador”, despertó Morelos, quien este sábado recibió a Andrés Manuel López Obrador.

A las puertas de Segalmex, cerca de 50 personas gritaban su apoyo al presidente y su repudio al gobernador, Alejandro Tello Cristerna.

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“¡Tello, ratero!

“Es un honor estar con Obrador” y otras porras, se oían entre los zacatecanos, que desde antes de siete de la mañana esperaban pacientes al presidente.

Desde temprano se citó a la prensa.

Un acceso que prometió un alto filtro de seguridad y sanidad… al final, se limitó a checar que tenías tu cubrebocas y a ponerte gel antibacterial.

Alejados del evento, sin posibilidad de hacer preguntas, entraron a cuentagotas los fotógrafos y reporteros para su nota del día.

Antes de lo señalado inició la “actividad oficial”.

Con prisa. Y es que el presidente decidió visitar tres municipios en un solo día.

Morelos amaneció a la espera del presidente, y así se quedó, porque AMLO visitó Morelos, pero no a los morelenses.

Andrés Manuel, fresco y sin saco, no se esperaba los vientos zacatecanos que en pocos minutos lo hicieron ceder.

Al momento del mensaje del gobernador, aprovechó para ponerse su abrigo; taparse del frío y de las demandas de Tello.

De brazos cruzados, volteando al frente y buscando a Ricardo Monreal, lamentablemente a dos sillas de la suya, se limitó a esperar a que el gobernador terminara su discurso.

Mientras el gobernador, quien, como ya es costumbre, hizo peticiones para el estado, ganaderos y agricultores aprovechando una de las últimas visitas del presidente durante su administración.

Al terminar su discurso inició el juego de las sillitas con el presidium para sentarse a la derecha del presidente, así como el senador Ricardo Monreal, usó el momento en que el director de la Segalmex se puso de pie para ocupar el lugar a la siniestra del presidente.

Inició el listado de datos hecho por el director general de SEGALMEX, Ignacio Ovalle Fernández, para darle “de pi a pá” los pormenores de su administración.

El presidente escuchó, cruzado de brazos y cara de incredulidad, y de vez cuando volteaba con el senador Ricardo Monreal para el coloquial “chismecito mañanero”.

Mientras que al otro lado, ni miró.

Por fin tocó el turno del presidente, quien sorprendió a todos, por las razones equivocadas.

“No hemos padecido tanto durante la pandemia del Covid” aseguró el presidente, repitiendo el discurso de un día anterior en el municipio de Pinos.

Regresando a las culpas de gobiernos pasados y asegurando que su administración ha logrado una mejor crisis que sus antecesores.

Quizá el municipio de Morelos no sea merecedor de palabras nuevas, y sea suficiente un discurso reciclado.

Los morelenses, como su campo, recibieron puro fertilizante.

Eso sí, el presidente aseguró, con orgullo y una sonrisa, que el campo creció durante el 2020, mientras que la industria y el turismo se desplomaba.

Y remató con su sueño, de producir gasolina y diésel en México para 2023, una vez más sin garantías.

Finalizó con la promesa de legalizar el flujo migratorio y seguir dependiendo de los empleos en el extranjero fue su respuesta a mejorar la calidad de vida de los mexicanos.

Recordando a los braceros, como héroes y no como personas que fueron obligados a salir de su país por necesidad, aseguró que esos acuerdos volverían para los mexicanos.

Feliz, en su nube, se despidió de Morelos, agradecido con un pueblo que, quizá dadas las circunstancias, imposible de saludar de mano, pero sin siquiera voltear a ver en la entrada.

Morelos lo esperó, y como novia de rancho, despidió a su presidente a través de una ventana polarizada y sobre cuatro ruedas

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