Dicen que dijo Napoleón Bonaparte: la victoria tiene cien padres pero la derrota es huérfana.
Nunca mejor aplicada.
Porque el pasado viernes, todos fueron padres de una victoria… pírrica, pero victoria al fin.
Y hasta parece normal que hayan vendido el hecho como si hubieran incendiado el Reichstag.
Pero el hecho se diluyó ante una batalla estúpida por la paternidad del triunfo.
Me explico.
Al darse a conocer el resultado del amparo definitivo contra la obra del segundo piso, todos aquellos que han mostrado su rechazo, celebraron la decisión jurídica.
Unos con razón: fueron los impulsores del amparo.
Otros por intromisión: quisieron subirse al carromato del triunfo aduciendo razones que los convertían en padres de esa victoria.
Y otros más, por convicción. Han puesto su fe, su futuro político y hasta su trabajo en en la presidencia municipal, al servicio de un sólo objetivo: evitar la construcción de la obra.
En estos dos últimos casos, los que menos han hecho son quienes mayor empeño pusieron en adjudicarse el triunfo.
Con ese triunfo, que dejan las cosas tal como están, han iniciado otra batalla: la de incidir en la sociedad para que exijan el retiro de la maquinaría del bulevar.
Algo que no será porque los amparos que han interpuesto ordenan dejar todo como está.
Pero el objetivo no es que los quiten, sólo es generar malestar entre la sociedad.
Y ahí se va a quedar, hasta que el juez determine el destino final de la obra.
Ojalá que las posiciones que han asumido, especialmente dentro del PAN, les permitan crecer en las preferencias electorales.
Con ello, podrían salir del tercer lugar en el que se encuentran, acosados ya por Movimiento Ciudadano, que gana preferencias entre la ciudadanía mucho más rapido que los albiazules.
Aunque la amenaza persiste desde las filas del PAN: el gobierno municipal no otorgará los permisos si no hay un acuerdo político.
Ese gallo albiazul quiere maíz.






