Un par de soldados del ejército inglés, Schofield y Blake, son encomendados a enviar un importante mensaje a una división.

De ello depende la victoria o la derrota así como la muerte de un ser querido de uno de los cabos.

A partir de esta premisa, Sam Mendes desarrolla, 1917, postulada al Oscar como mejor película y que ya ganó un Golden Globe.

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Así, la primera escena de la cinta se desarrolla entre lodo y caballos muertos.

Mientras que del estómago abierto de un soldado británico acribillado sale una rata.

Filmada en un aparente plano secuencia, 1917 es un todo un paradigma en cuanto al lenguaje cinematográfico.

La obra de Sam Mendes (American beauty, 1999) se juega todo su esfuerzo en la imagen y lo que esta puede transmitir por medio del dinamismo de la cámara.

Además, claro, del uso de los colores y el paisaje.


Por eso, la cinta se siente más como una andanza personal durante la guerra.

La exploración bélica que los dos soldados emprenden se desarrolla a partir de un plano secuencia que nos coloca, casi, en los ojos de estos hombres.

La historia y el viaje de los cabos avanza con apoyo de secuencias de acción que implican balas, explosiones, lodo y porquería, bengalas y, sobretodo, cadáveres.

Esto lleva al público a la Gran Guerra (1914-1918).

Esta virtud cinematográfica no sería posible sin el trabajo del cinefotógrafo Roger Deakins , también nominado y seguro ganador.

El artista de la lente se vale de una luz natural, así como del aprovechamiento de la oscuridad.

Con ello, sin luz artificial y tonos mayoritariamente grisáceos, la obra respira a la naturaleza de un conflicto en el que la sangre y la tierra eran uno mismo.

Mientras que las balas y los estallidos sustituían el canto de las aves por las mañanas.


Con información de Reporte Índigo

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