La política tiene la extraña capacidad de reciclar personajes.
Algunos, después de gobernar con saldo negativo, reaparecen como si la memoria colectiva fuera tan frágil como conveniente.
No importa que durante seis años mantuvieran a su municipio como el de mayor percepción de inseguridad en el país.
Tampoco importa que hayan despilfarrado 25 millones de pesos en un relleno sanitario que, en lugar de solucionar un problema, generó otro: la contaminación del Arroyo Tecongo.
Aún está pendiente la remediación ambiental y la reparación del daño que exigió la comunidad indígena de Cicacalco.
Pero esas voces, como suele suceder en un país acostumbrado al olvido selectivo, se desdibujan frente al ruido de las campañas.
Hoy, disfrazados de ovejas, aquellos lobos que provocaron heridas profundas en la sociedad vuelven a balar.
Y lo más preocupante: hay un sector de la ciudadanía que no solo los escucha con entusiasmo, sino que los sigue como si fueran pastores de un nuevo amanecer político.
La pregunta es inevitable:
¿Creen, en serio, que serán mejores en el futuro quienes ya demostraron incapacidad en el pasado?
Algunos lo creen por omisión, porque no recuerdan o no quieren recordar.
Otros lo hacen por comisión, porque participan activamente en la fabricación de nuevas narrativas.
Y unos más, por revancha, porque no se trata de gobernar sino de cobrarse viejas cuentas.
El problema no es que los lobos se disfracen de ovejas; eso ya lo sabemos.
El problema es que el rebaño, entusiasmado, acepte la farsa y se entregue de nuevo a los mismos colmillos que antes le desgarraron la piel.






